martes, 7 de junio de 2011

La odisea del bajo, parte II (Good evening Beijing City)

Este es el taxi real.
Beijing es agradable en abril. La mañana estaba soleada y radiante, en una ciudad donde se hace más cierto que nunca eso de que “la gente pasa y pasa siempre tan igual”. Con la dirección que me envió mi contacto impresa, y la advertencia de un conocido de que al parecer el lugar en cuestión quedaba “retirado”, tomé un taxi. El conductor me miró, y le estiré el papel… “我不知道这是哪里” me dijo contrariado, tras mirar la anotación un rato. Yo le respondí “” y “谢谢”, que básicamente es “con hielo, gracias”, lo único que aprendí a decir en chino. Acto seguido y tomando en cuenta que el silencio se estaba volviendo incómodo, llamé a Mr. Xin a su celular. Luego de una música de espera de restorán chino, le dije a Xin que le explicara al taxista cómo llegar a la fábrica y que me mandara dos porciones de arroz chaufán. Bueno, eso no se lo dije, pero habría sido gracioso. Diez minutos después, el hombre me devolvió mi teléfono y el papel. Echó a andar el auto mientras yo me recostaba tratando de disimular mi inquietud.
Beijing es una ciudad bastante grande, con cerca de 20 millones de habitantes. Su núcleo urbano tiene 16 mil 800 km2. Si tomamos en cuenta que en muchos sectores los atochamientos son kilométricos, un desplazamiento a la hora peak puede ser una experiencia más larga que la versión extendida de Jesús de Nazareth en Semana Santa. Ante mis ojos, la capital china fue desapareciendo y la prolija arquitectura de ladrillos grises tradicionales mutó por un verde tenue y espaciado.

La sensación de dejarse llevar en China es inquietante, tomando en cuenta que no tienes cómo hacerte entender… pero qué podía salir mal. Lo peor sería que me dejaran botado por ahí, y todos sabemos que podría sobrevivir alimentándome de bambú y carne de panda. En eso pensaba, cuando ya llevaba dos horas de viaje sin cruzar una palabra con el chofer. Mientras elegía entre decir “así con la cosa” o “así no más, pues”, el chofer detuvo el auto y me empezó a hablar. Hizo algunos gestos y presionó el botón que imprime el ticket del taxímetro. Mientras yo buscaba los yuanes en mi bolsillo (sorprendentemente la carrera me había salido unas seis lucas chilenas), se asomó por una ventana un chino chascón, joven y vestido informal. Sí, era Mr. Xin, que me había venido a buscar al cruce de la carretera. Básicamente estaba a las afueras de la Rancagua china o algo así. Xin me saludó con su inglés atropellado y yo, en un momento de iluminación que siempre me celebraré, le dije que le pidiera al amigo taxista que me acompañara a la fábrica y me esperara. Si no lo hubiera hecho, hoy vestiría un delantal azul y fabricaría violines.

Good evening Beijing City
Fabricando música. De China con amor.
Entrar en una fábrica china es algo que nunca esperé hacer en la vida. Mientras Xin me hablaba de lo poco común que era esto, y me preguntaba de qué parte de Estados Unidos era, yo no podía creer estar entrando a un lugar donde se hacían instrumentos musicales. Me explicó que esta fábrica dedicaba toda su producción a la exportación, que estos instrumentos no se vendían en China, lo que me sirvió para entender el por qué de tanto misterio para cerrar el trato vía mail (en el fondo estaba comprando a la semi-mala). Luego de estacionarnos, me guió por la puerta de un galpón mediano con el logo de la empresa. Adentro, decenas de cajas apiladas de guitarras y bajos esperaban ser embarcadas. Por otro lado, un grupo de violines sin terminar lucían colgados mientras el barniz recién aplicado se secaba. Un grupo de ordenadas operarias chinas, correctamente uniformadas, aplicaba las pinceladas a cada violín, en una suerte de coreografía. Más allá, tres chinas hacían el control de calidad a unas guitarras eléctricas. Cada una tomaba un instrumento, lo conectaba a un amplificador, tocaba cada una de las cuerdas y lo ponía en una caja, tras llenar una tarjeta y poner un timbre. “¿Puedo tomar algunas fotos?” le pregunté falsamente a Xin, mientras ya captaba imágenes con la cámara del teléfono. Xin me dijo que sí, pero con cara de decir que no. Me llevó a una sala más pequeña, donde tenía tres bajos para que eligiera. Dos color sunburst, como el de McCartney, y uno negro. En el lugar además había guitarras de todo tipo, catálogos, afiches, etc.
El elegido. Viajamos medio mundo juntos.
Era un momento extraño e improbable. Tomé uno de los bajos… lo miré detenidamente. Afiné sus cuatro cuerdas y, sin amplificador, me puse a tocar. Xin sonreía y, en un movimiento que yo no esperaba, movía la patita. “Yo toco la guitarra, sabes”, me dijo… no sé si con ganas de invitarme a formar una banda o en la buena onda nomás. Lo cierto es que Xin era un tipo simpático. Conversamos de música un rato, y me dijo que si volvía a Beijing le avisara, que me recibía en su casa para que tocáramos un rato con su Fender Stratocaster mexicana. Los chinos son así. Abrió sus ojos bastante cuando le dije que McCartney visitaría Chile en unos días más y que iría a verlo.
“No debería mostrarte esto, pero bueno, vienes de muy lejos” me dijo en un momento, antes de sacar de una caja una guitarra electroacústica impresionantemente bella. “Llegó recién de Alemania… parece que la van a usar en un recital, o para mostrársela a algún cliente grande”, me dijo. Valía cerca de dos millones de pesos. Toqué un trozo de Blackbird mientras él nuevamente movía la patita y se la devolví antes de que se me cayera o algo (“en lo ajeno reina la desgracia”, decía mi abuelita). “¿Quieres probar tu bajo con un amplificador?” me preguntó, y luego de mi respuesta afirmativa me llevó fuera de la salita.
La imagen era curiosísima. En medio de dos chinas con delantales, cada una con una guitarra, figuraba yo con el bajo conectado a un amplificador. Como un homenaje al modelo y su dueño original, comencé a tocar “All my loving”. Por unos segundos, las operarias se dieron vuelta a ver qué pasaba. Por unos segundos también, di mi primer y único mini recital en China, con el acompañamiento de la rítmica patita de Xin.
Galpón mediano, logo de la empresa censurado.
Xin sonreía conmigo. Su expresión sólo cambió cuando le pregunté si me podía llevar a la parte de la fábrica donde se hacen los bajos. “Sabes, soy nuevo acá. Ni siquiera sé si te debería estar mostrando todo este lugar ni dejando que tomes fotos”, me dijo en un arranque de sinceridad que me recordó que estábamos en China.  Concordamos en que la próxima vez organizaríamos una visita con el permiso de sus jefes, y yo le dije que volvería por una guitarra. Xin me regaló un par de catálogos, mientras le pedía a dos operarias que me envolvieran prolijamente el bajo y una caja, tomando en cuenta lo largo del viaje de vuelta.
Luego de pagar la tarifa rebajada en efectivo, y de poner el bajo en el taxi, nos despedimos como viejos amigos. “Espero que llegues muy bien a tu país, que disfrutes el bajo y que nos veamos de nuevo por acá, ojalá con más tiempo”, me dijo sinceramente. “Seguro”, le dije yo, le di las gracias por todo y me metí al auto con una sonrisa que no me podría borrar ni el doctor Vidal. Cuando el auto dio la vuelta, Xin me hacía “chao” con la mano. Juraría que estaba moviendo la patita.

PS: Los nombres y circunstancias han sido cambiados para proteger a los inocentes. Ningún animal fue maltratado en la elaboración de esta historia, que casi termina mal gracias a la gente de Aduanas, que no te cobra impuestos si traes al país un notebook de un millón de pesos, por ejemplo, pero sí pretende hacerlo por un instrumento musical barato. No lo lograron.

9 comentarios:

  1. Felinski12:59 p. m.

    El comentario anterior lo aprendí de otro blog, ja. Ahora en serio:

    Te felicito por tu compra y la aventura. Supongo que tener este tipo de experiencias es lo que vale la pena de un viaje a tan remoto lugar.


    Success!

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  2. Simplemente notable! Te las mandaste compadre, felicitaciones por tremendo relato.

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  3. Genial la experiencia, me dan ganas que me pase lo mismo.
    tt.

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  4. Anónimo6:44 p. m.

    Me reí de buena gana! excelente historia!

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  5. Me encantan tus historias!! Quién te hubiera imaginado estar en esa ...espero verte pronto!!

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  6. Muchas gracias gente buena. Pronto más historias de viaje!

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  7. Chinos explotados para fabricarle el bajo al niño...jejej wena papá!

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  8. Exceleeeente aventura... trajiste catalogos de compra? una guitarrita... no es malo...

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