lunes, 13 de junio de 2011

Another brick in the wall (historias de cárcel)

Para hacer esta muralla... tráiganme todas las manos.

Los chinos no se andan con chicas. Mientras acá el tema de la “puerta giratoria” de la justicia vuelve cada tanto a los noticieros, en medio de las notas de ofertas, comida y próximas teleseries, allá la cosa está en el otro extremo. En especial cuando se trata de drogas.
Un chileno que vive en Beijing me lo reafirma. “Acá son cosa seria. No dejan pasar una. Bueno, hace poco ejecutaron a un británico por tráfico de drogas. El gobierno de Inglaterra, la ONU y varias ONGs pidieron que no lo mataran, pero los chinos no son de transar”, me cuenta mientras el minibús se abre camino por una ruta semi rural, hacia la Gran Muralla china, adelantando a toda velocidad por la pista que tiene el sentido contrario. Sudo.

Por él me entero también de que la única latinoamericana detenida es una uruguaya de edad que tuvo la mala idea de acceder a ingresar droga al país. La atraparon, la encarcelaron y estaba lista para morir, cuando un ex diplomático uruguayo muy bien conectado con el gobierno central intervino y le salvó la vida. Pero qué vida. La señora se está volviendo loca. En la cárcel china los tiempos fuera de las celdas son mínimos. No hay TV, radio, ni se puede leer. Tampoco hablar. Y si se pudiera no serviría de mucho: la señora no sabe chino. Así vivirá lo que le queda, porque allá la cadena perpetua es efectivamente para siempre, sin beneficios. La sola imagen mental de la señora mirando todo el día la pared me parece perturbadora, como la manera que tiene de tomar las curvas el conductor del mini bus. Miro a mi interlocutor. Suda.
En Hong Kong la cosa es distinta. Ahí si hay una familia de chilenos en la cárcel. Me dicen que cayeron por una cosa menor y puede que salgan. La señora María y sus hijos saben de estas cosas, porque son lanzas internacionales. Roban, trafican, lo que sea. Aunque legalmente también es China, es bastante diferente: la herencia inglesa de la húmeda isla hace que el régimen carcelario no sea tan estricto. Además son chilenos y se nota. La señora María se queja: “en cárceles de otros países a una la dejan tener palillos”, dice. Y con lo que le gusta tejer. El Wilson no entiende lo que le dicen, pero al menos puede leer algunas revistas que les mandan desde Chile de vez en cuando. Su favorita es El Gráfico. La lee completa. “No hay libros en español acá”, dice. La televisión tampoco la entiende. En los patios no se juega fútbol como en la población, pero el Wilson se fue hace mucho.
De vuelta en las cercanías de Beijing (un lugar como el Cajón del Maipo), subo las escalinatas interminables de la Gran Muralla. Me falta el aire. Algunos tipos de edad se ayudan con un bastón, y otros se detienen a recuperar el aire con el rostro visiblemente rojo. Un par de niñas chinas suben con un perrito pequeño, que a duras penas sortea los escalones. Mientras miro las paredes, pienso que la mujer uruguaya debe estar cansada de los ladrillos chinos. La recuerdo y saludo hacia el cielo: dicen que esto se ve desde el espacio.

3 comentarios:

  1. Encontrar el punto medio nunca es fácil!

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  2. que buen relato, así debería ser en países de latinoamerica, o que les corten las manos como en países árabes, no es por desear el mal, pero en la medida que se perciba que existe un gobierno fuerte y no "corrupto", pues la gente no delinque, ya que en el caso del trafico, hay una red de actores, quienes la fabrican, intermediarios, consumidores y detrás de ellos gente que mata si piedad, entonces las medida laxas y beneficios a quienes matan y asesinan, y hasta violan, no deberían existir.

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  3. Chan! Gracias por leer y comentar.

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