martes, 16 de noviembre de 2010

Sombras chinescas (El retorno del rey)

Y bueh… esta inconstancia no es algo heroico, es más bien algo enfermo. Lo sé. La gente ya no me mira en la calle. El Mago Yin me hace la ley del hielo, mientras tararea algo de “la vecina de la esquina ya no va a la piscina”, y ríe. Solo y con los ojos desorbitados. En el metro nadie me habla, ni los guardias para decirme que me quede detrás de la línea amarilla. Así es la gente, en especial desde que la abandoné, pero en algunos momentos uno tiene que tomar decisiones. No es fácil esto, pero nadie dijo que lo fuera a ser. La cosa es que estoy con mi trabajo formal y además libreteando para la televisión a colores, así que me cuesta algo detenerme acá para dejar unas líneas, pero trato. Como ahora. Yin está cantando sobre su vecina, que ya no anda en bicicleta, y Santiago de Chile empieza a sudar con el calor que rebota en el asfalto. Va a ser un verano largo.

En un bosque de la China…
En el People´s Park de Shanghai la gente pasea como si el tiempo estuviese detenido. Lejos de los famosos rascacielos de formas improbables que la ciudad se esmera en lucir en cada postal, acá los árboles y flores parecen devorar el ruido de las calles aledañas, e incluso la luz del sol hecho en China. La música se detiene un instante. “Así no es… así no es la melodía”, le dice el chino viejo a la mujer que tiene el micrófono. Ella lo mira sin asomo de rabia, y con paciencia oriental vuelve a leer el papel que tiene en la mano, para luego escucharlo entonar la misma parte de la canción que seguramente ha cantado toda la vida, mientras los músicos, todos de edad y con instrumentos tradicionales, esperan para recomenzar. La clase termina y los dos se mezclan en un dúo Pimpinela Chaufán. La gente aplaude. Algunos cantan despacio. Saben la canción mejor que ella.


Pato a la media naranja
Un camino de carteles y fotos adorna un costado del parque. Cada señora está sentada con su cartulina en el suelo o en algún improvisado soporte. Unas tienen fotos, se leen nombres, estatura, peso. Las viejas parecen no esperar nada. Algunos se acercan a mirar. Otras conversan entre ellas. Es la represión, pero no la que mata. Es la represión de los sentimientos (que mata más lento, dicen). En pleno 2010, ellas están buscando maridos/esposas para sus hijos/as. Sacar fotos es mala suerte, no hay que permitir que los intrusos las tomen, me entero después del primer click. Un “qué tienes, qué me ofreces” adivino en la boca de las viejas que conversan sentadas en el suelo al frente, como intercambiando láminas en el recreo. Sí, en un país con tanta gente, a la gente le cuesta encontrarse.

La plaza triste
Beijing. Una oficina cómoda, sin lujos. El hombre, chileno, de pelo cano, le dice a su secretaria china que fije la cena con el grupo de empresarios que lo acaban de contactar. “Déjala para el 4 de junio”, le dice. Ella se detiene un segundo, y lo mira insegura. “¿Está seguro de que quiere hacerla ese día?” le responde. Él no sabe a qué se refiere… “Sí, ¿por qué?”. “Ese es un día muy triste… muy triste para todos”, comenta ella con un dejo de pena genuina, mientras vuelve sus ojos al computador lentamente y sin agregar palabra. El hombre lo piensa dos veces, hasta que encuentra su error. “Tian'anmen”, piensa. “Fíjala para una semana después”, le dice y se va a su oficina sin decir nada.
Papel picado. Sólo papel picado se veía en el cielo, mientras miles de jóvenes marchaban a la plaza en esos meses. “Era como cuando en Estados Unidos recibían a los astronautas”, me dice mi interlocutor, mientras el auto avanza por una semi poblada Square Xice Road. Desde distintas partes de China, los estudiantes llegaban a la ciudad para hacer suya la voz de la historia del país, empujados por los cambios del comunismo en el mundo, la falta de libertad y la reciente y extraña muerte del liberal ex Secretario General del PC, Hu Yaobang. “Todos vieron esta manifestación como la señal de que China iba a cambiar. Generó la simpatía de la gente y de algunos sectores del partido. Era algo de lo que se hablaba todo el tiempo”, me refrenda el hombre. Pero a los viejos patriarcas no les gustó. “Los soldados de Beijing que fueron a combatir las protestas pacíficas en la plaza terminaban dejando las armas, y volviendo a casa. Eran sus amigos, hermanos o conocidos los que estaban ahí, su propia gente. Y a todos les gustaba lo que estaba pasando. Eso hasta que el partido hizo venir fuerzas de élite de otros lugares”, me dice. La masacre fue total.
Hace frío en Beijing hoy. El perímetro de la plaza está cerrado, y para entrar hay que pasar controles militares tipo aeropuerto. El lugar parece estar lleno de faroles, pero no son sólo eso: cientos de cámaras vigilan cada metro, para que no se repita la imagen del hombre contra los tanques, esa que en China aún no se conoce. La foto de un día triste… muy triste para todos.

1 comentario:

  1. Recuerden que cada vez que pinchan uno de los avisos de la página están colaborando a que nos hagamos millonarios para el tricentenario... éxito!

    ResponderBorrar