miércoles, 5 de septiembre de 2007

EL RETORNO (PARTE 1)

Sí, la gente lo pedía a gritos… aunque ni tanto. Incluso MKB (¿Mortal Kombat Bicentenario?), había intentado hacerme escribir acá a través de una de esas cadenas blogueras (truco sucio pero efectivo). Pero no pude. No fui capaz de salir de mi ostracismo tibetano. Me gustaría decir que estuve lejos, que me perdí cultivando té verde en Camboya o que dediqué mis esfuerzos sanando con abrazos a la gente en un evento en Espacio Riesco, o escribiendo la Cantata de la Torre Santa María. Pero no. Estuve acá, donde siempre… aunque ausente, intentando resolver los problemas de un freelanceo que estaba llevándome a la debacle financiera, lo que había generado protestas constantes en los gremios hogareños que habitan junto a mí, además de sumirme en un estado de decepción e interrogantes continuas. ¿Se había ido mi suerte?
Siempre he dependido en gran parte de mi buena fortuna, cualquiera que me conozca lo sabe. Lo cierto es que hace meses vivía la otra cara de la moneda: nada me resultaba. Esto se transformó en un drama en la parte laboral-económica. “Algo pasa que andas con mala suerte”, incluso me dijo la siempre aguda Pame. Y yo lo sabía, muy dentro. La buena estrella me había abandonado. Por primera vez estaba solo. Claro, cuando se te atraviesan 5 gatos negros en una semana, debe ser una señal (a estas alturas soy yo el que les trae mala suerte a ellos). Había un misterio que resolver.

El indio negro
Dentro de los souvenirs que me traje de mi viaje a México, el año pasado, hay una figura hecha en obsidiana, la piedra sagrada de los mexicas, que –se supone- tiene propiedades energéticas especiales. Es un indio bastante tosco y no muy grande, que hasta antes de cambiarme de casa estuvo sobre el bar, desde donde un día se cayó y se partió. Diligente, lo pegué con la gotita (cuando uno compra la gotita anda buscando cosas para pegar). Este año había subido de nivel, ya que el cambio de casa lo trasladó a mi velador, un ascenso no menor (sólo una estatuilla de colección de Batman que uso para dejar mi anillo de matrimonio había alcanzado tal honor, junto con todos los cachureos y regalos que la Coni suele trasladar a mi pieza)… Dentro de mi extrañeza por la mala racha, comencé a estudiar con detención al indio. Su mirada negra e impenetrable de souvenir turístico no me daba muchas pistas, tampoco los libros que leí de niño, ni los programas de denuncias periodísticas. Y eso que hay caleta. Levanté la mirada al cielo y grité por una explicación, rasgando mis vestiduras. Error. Dios no atiende los días nublados, todo el mundo lo sabe. Nunca he tenido nada contra los aborígenes, de hecho participé en una ópera rock en honor a Caupolicán, pero este indio parecía tener una mueca de satisfacción. Como de misión cumplida. Por un momento comprendí que su energía estaba algo así como interfiriendo con la mía (supuse). Además estaba roto (no como el monumento que hay en la Plaza de Armas eso sí, que puede tener que ver con cómo le va al país. Piénsenlo). Y además es bien feo en realidad, así que no tenía nada que hacer en mi velador (por eso lo saqué, el resto es el efecto dramático necesario). Lo puse escondido en una caja aún sin desembalar (que seguramente quedará así por los siglos de los siglos). Al día siguiente recibí un mail para presentarme a una entrevista de trabajo. A la semana me habían llamado de una empresa de comunicaciones y un medio masivo (ese especialista en copuchas y que leen durante 3 horas en todos los matinales). A los diez días ya estaba trabajando. ¿En qué? Ese es otro cuento.

4 comentarios:

  1. Anónimo3:33 p. m.

    Te creo todo el rato... era el indio. ¿Estás seguro que en esa caja está lo suficientemente encerrado?

    Suerte y éxito...
    Que bueno que volviste... en tí.

    Naktub

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  2. Anónimo12:10 p. m.

    Para ser sincera, te incluí en la cadena de blogs porque no conocía a nadie más, pero nunca tuve ni la más mínima esperanza de que la siguieras. De todas maneras es bueno que estés de vuelta.

    WKB (Wel-Kam Bac)

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  3. Sabía que algún día te traería suerte la opera rock de Caupolicán, porque "eres valiente y ya lo he notado".

    errecé

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