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| The real resort-spa chino andino. |
miércoles, 29 de junio de 2011
El misterio de los moais chinos (Hotel resort)
lunes, 13 de junio de 2011
Another brick in the wall (historias de cárcel)
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| Para hacer esta muralla... tráiganme todas las manos. |
Los chinos no se andan con chicas. Mientras acá el tema de la “puerta giratoria” de la justicia vuelve cada tanto a los noticieros, en medio de las notas de ofertas, comida y próximas teleseries, allá la cosa está en el otro extremo. En especial cuando se trata de drogas.
Un chileno que vive en Beijing me lo reafirma. “Acá son cosa seria. No dejan pasar una. Bueno, hace poco ejecutaron a un británico por tráfico de drogas. El gobierno de Inglaterra, la ONU y varias ONGs pidieron que no lo mataran, pero los chinos no son de transar”, me cuenta mientras el minibús se abre camino por una ruta semi rural, hacia la Gran Muralla china, adelantando a toda velocidad por la pista que tiene el sentido contrario. Sudo.
martes, 7 de junio de 2011
La odisea del bajo, parte II (Good evening Beijing City)
| Este es el taxi real. |
Beijing es una ciudad bastante grande, con cerca de 20 millones de habitantes. Su núcleo urbano tiene 16 mil 800 km2. Si tomamos en cuenta que en muchos sectores los atochamientos son kilométricos, un desplazamiento a la hora peak puede ser una experiencia más larga que la versión extendida de Jesús de Nazareth en Semana Santa. Ante mis ojos, la capital china fue desapareciendo y la prolija arquitectura de ladrillos grises tradicionales mutó por un verde tenue y espaciado.
lunes, 6 de junio de 2011
La odisea del bajo (veinte años y veinte kilos)
| El viejo y querido Maxtone... |
Yo no sabía tocar bajo… ni siquiera guitarra, de hecho. Tenía en el cuerpo las clases de piano de los 4 a los 11 años, de las que algo me acordaba y muchas ganas de que la cosa funcionara (en mi condición de líder, vocalista y dictador). Por eso tomé el desafío como un tema personal. Con ese aval, hice lo que cualquier muchacho trabajador y esforzado habría hecho… conté mis exiguos ahorros… y luego fui donde mi papá. “¿Un bajo? ¿Cuál es el bajo?”, me preguntó contrariado mientras bajaba por unos segundos el cuerpo C de El Mercurio para mirarme. “Ese que suena dum, dum, dum, duuum”, dije en afán didáctico. “Pero eso es como el arroz… te compro una guitarra eléctrica si quieres”, contraatacó mi padre mientras volvía a alzar el periódico… La tentación no era poca. Pero un hombre tiene que hacer lo que tiene que hacer. Aunque tenga 15.
Así fue como me hice con mi primer bajo, comprado con su gentil auspicio en la Casa Amarilla: un Maxtone sunburst. Era bonito, sonaba mal y se sentía como tener colgado un tronco mojado sobre la espalda. Era justo lo que necesitaba.
domingo, 15 de mayo de 2011
The night before (A cinco segundos de un metro)
Martes 10, cerca de la medianoche. Figuro acostado en la cama matrimonial con mi hijo de diez meses acurrucado entre sus papás. La única luz en la habitación es la televisión, que parpadea al ritmo de una película de desastres que no terminaré de ver. Es tarde y mis ojos se están cerrando. No es una noche cualquiera: es la noche antes del recital de McCartney en Chile, probablemente la última oportunidad de ver al máximo ídolo vivo en mi país, esta vez acompañado con mi mujer y mi hija de diez. En otras palabras, la que se viene es una jornada histórica.
Tomo el control remoto para apagar por fin el terremoto cinematográfico y antes de que mi pulgar llegue al botón rojo, mi celular se ilumina y vibra. Contesto inquieto. Nadie te llama a esta hora para decirte nada que no sea una mala noticia. Nadie excepto el Negro.
“Hueón, me colé al bar del Hyatt. McCartney llega en una hora. Vente”, me dice al otro lado de la línea. “Buena”, le respondo sin mucho entusiasmo y tratando de hacer el menor ruido posible. Me sigue hablando mientras intento poner fin a la conversación para no despertar a mi hijo. Le digo que lo pensaré y pongo el celular en silencio. “¿Quién era?”, me pregunta mi mujer con medio ojo abierto. “Nada, el Negro que me dice que vaya al Hyatt. Se coló al bar”, contesto. “Está loco”, sentencia ella.
Me levanto y voy a lavarme los dientes. Y es precisamente mientras el cepillo repasa espumosamente mi boca cuando me miro al espejo. Y me veo de 16. “Total, no pierdo nada”, pienso. Salgo del baño y comienzo a ponerme terno. “¿Qué haces?”, me interroga la Pame. “Me voy a ver a Paul, vuelvo en par de horas”. No lo puede creer.
De qué se trata?:
beatles,
Negro,
Paul McCartney
domingo, 10 de abril de 2011
Amor enfermo (Viernes 3 AM)
No voy a venir yo a descubrir lo horribles que pueden ser las enfermedades repentinas. No me refiero a esos resfríos mutantes de hoy, en que tres días antes uno ya anda predicando el clásico “como que me quiero resfriar”, sino las verdaderamente sorpresivas, esas que te pillan de noche, sin aviso, sin defensas y sin remedios. Bueno, vengo saliendo de una de ellas, como con 4 kilos menos (sí, está buena la dieta).
jueves, 31 de marzo de 2011
Prende la tele (o cómo conseguir autógrafos de los ídolos de infancia)
“Pasaran los días, pasaran los años. Nuevas ilusiones, otras despedidas. Pero a ti, olvidarte nunca, si juré contigo… olvidarte nunca”. Es verdad que hace rato que no les dedicaba unas líneas, amables lectores y gente buena. Durante este tiempo, el centro de Santiago, donde está ubicado mi actual trabajo, ha cambiado poco. El calor se cuela por las persianas y la gente pasa y pasa siempre tan igual, mientras mis tiempos libres se han diluido como lo hacen las siete dosis de leche en polvo en los 210 ml de agua tibia de mi rubio y furiosamente lactante hijo. Los días se hacen noches, las noches días y las horas faltan, así como el talento en cualquier farandulera, para todo lo que no sea hacer lo que uno “tiene” que hacer. Pero así como los vicios, el sabor de las empanadas y los futbolistas en el extranjero tienden a volver, acá estamos.
lunes, 29 de noviembre de 2010
The End (Sangre en Buenos Aires)
“¡Apúrate!”. El Negro urgía a Cristina a acelerar el paso, como lo hace siempre. Ella, tragándose un par de improperios que cruzaban de la mano por su mente, aligeró sus pisadas mientras subía la escalera de la estación Plaza Italia del subte bonaerense. Habían equivocado la dirección, y ahora estaban contra el tiempo para volver al hostal, en Palermo, lugar de encuentro del grupo de amigos que iría esa noche al recital de McCartney en River. Cristina pensaba en eso cuando algo en su cuerpo hizo cortocircuito. Tropezó, y su canilla chocó de manera violenta con uno de los escalones de concreto. El dolor le nubló la vista. Cuando pudo aclarar la mirada lacrimógena, el Negro la miraba con espanto. “Pucha, eso te pasa por correr en las escaleras”, dijo. Si hubiera tenido las fuerzas, lo habría ajusticiado ahí mismo.
A duras penas llegaron en taxi al hostal. La pierna de Cristina lucía mal, y ella no quería ni subir el pantalón para ver, mientras aguantaba el dolor y sentía como toda la extremidad palpitaba. Cojeando, subió a su habitación para por fin, sola y sin la mirada de “no-vas-a-poder-ir-al-recital” del Negro, ver el daño. Era profundo. Lo oscuro del pantalón ocultaba la sangre, pero no el dolor.
martes, 23 de noviembre de 2010
Pecados de carne (Cambalache)
Más de una vez escuché decir que los pecados de la carne son los peores. Por eso cuando vi al Negro regalándole una mirada cómplice al mozo, supe que la cosa era grave. Como si nada, se levantó de la mesa con una poco disimulada ansiedad y siguió sus pasos tras una mala excusa.
“Por una cabeeeza” se mezclaba el tango con el olor a bife. Sin que mi amigo lo notara, lo descubrí a un costado de la cocina, tras esquivar el tránsito de los garzones y sus bandejas en hora peak. Ahí estaba, conversando disimuladamente con el tipo, un argentino con ya muchos años en el cuerpo. A los pocos segundos, el hombre, flaco nicotinoso y de correcto uniforme, le deslizó unos billetes arrugados. El Negro los contó en éxtasis, casi con los ojos blancos. Mientras su traición se cocía a fuego lento, juraría que escuché a un jote cantar tres veces.
“Por una cabeeeza” se mezclaba el tango con el olor a bife. Sin que mi amigo lo notara, lo descubrí a un costado de la cocina, tras esquivar el tránsito de los garzones y sus bandejas en hora peak. Ahí estaba, conversando disimuladamente con el tipo, un argentino con ya muchos años en el cuerpo. A los pocos segundos, el hombre, flaco nicotinoso y de correcto uniforme, le deslizó unos billetes arrugados. El Negro los contó en éxtasis, casi con los ojos blancos. Mientras su traición se cocía a fuego lento, juraría que escuché a un jote cantar tres veces.
jueves, 18 de noviembre de 2010
Is just another day (Live and let die)
Juan, Pablo, Jorge y Rigoberto. Los Fab che se pasean por el lugar cargando sus instrumentos recién guardados, con sus melenas bien peinadas y sus trajes mod. “¿Cerveza?” pregunta la moza y mis compañeros asienten a destiempo mientras miramos a esos melenudos argentinos.
miércoles, 17 de noviembre de 2010
Bielsa, el laburante (Todos roban)
El día ya amenazó con ser eterno. Así que acá estamos de vuelta, quemando tiempo y neuronas.
Hoy el mago Yin está raro, como el clima. No me pesca, está como ido. Su sonrisa burlona y sus gases ocasionales no lo acompañan, y en su lugar le han dejado una amargura que parece no detenerse en el suelo, hacia donde ha apuntado su mirada todo el día. “Bielsa… qué cagada” me dice, y mueve la cabeza. Yo, que vengo llegando de un almuerzo con un actor amigo, y pienso en cómo terminar el libreto de esta noche, trato de sintonizar con su amargura. “Se va”, le digo subrayando lo obvio. Yin abre la ventana y mira el Paseo Ahumada, el mismo que durante el mundial era una caravana de banderas rojas. Entra una ráfaga de aire caliente. Bajo a la calle por una Coca Cola helada, y un viejo lee los titulares del diario. Sus lentes reflejan “Adiós a Bielsa será a estadio lleno y reprimirán a los que hagan ‘cara pálida’”. Aspira el humo de su cigarro y murmura… “Bielsa, qué cagada”.
martes, 16 de noviembre de 2010
Sombras chinescas (El retorno del rey)
Y bueh… esta inconstancia no es algo heroico, es más bien algo enfermo. Lo sé. La gente ya no me mira en la calle. El Mago Yin me hace la ley del hielo, mientras tararea algo de “la vecina de la esquina ya no va a la piscina”, y ríe. Solo y con los ojos desorbitados. En el metro nadie me habla, ni los guardias para decirme que me quede detrás de la línea amarilla. Así es la gente, en especial desde que la abandoné, pero en algunos momentos uno tiene que tomar decisiones. No es fácil esto, pero nadie dijo que lo fuera a ser. La cosa es que estoy con mi trabajo formal y además libreteando para la televisión a colores, así que me cuesta algo detenerme acá para dejar unas líneas, pero trato. Como ahora. Yin está cantando sobre su vecina, que ya no anda en bicicleta, y Santiago de Chile empieza a sudar con el calor que rebota en el asfalto. Va a ser un verano largo.
En un bosque de la China…
En el People´s Park de Shanghai la gente pasea como si el tiempo estuviese detenido. Lejos de los famosos rascacielos de formas improbables que la ciudad se esmera en lucir en cada postal, acá los árboles y flores parecen devorar el ruido de las calles aledañas, e incluso la luz del sol hecho en China. La música se detiene un instante. “Así no es… así no es la melodía”, le dice el chino viejo a la mujer que tiene el micrófono. Ella lo mira sin asomo de rabia, y con paciencia oriental vuelve a leer el papel que tiene en la mano, para luego escucharlo entonar la misma parte de la canción que seguramente ha cantado toda la vida, mientras los músicos, todos de edad y con instrumentos tradicionales, esperan para recomenzar. La clase termina y los dos se mezclan en un dúo Pimpinela Chaufán. La gente aplaude. Algunos cantan despacio. Saben la canción mejor que ella.
En un bosque de la China…
En el People´s Park de Shanghai la gente pasea como si el tiempo estuviese detenido. Lejos de los famosos rascacielos de formas improbables que la ciudad se esmera en lucir en cada postal, acá los árboles y flores parecen devorar el ruido de las calles aledañas, e incluso la luz del sol hecho en China. La música se detiene un instante. “Así no es… así no es la melodía”, le dice el chino viejo a la mujer que tiene el micrófono. Ella lo mira sin asomo de rabia, y con paciencia oriental vuelve a leer el papel que tiene en la mano, para luego escucharlo entonar la misma parte de la canción que seguramente ha cantado toda la vida, mientras los músicos, todos de edad y con instrumentos tradicionales, esperan para recomenzar. La clase termina y los dos se mezclan en un dúo Pimpinela Chaufán. La gente aplaude. Algunos cantan despacio. Saben la canción mejor que ella.
martes, 27 de julio de 2010
Dulces sueños (Nothing's gonna change my world)
Llegaste. Con todo y sin nada.
Todo fue tranquilo, natural y en paz, como si fuéramos a buscarte a la casa de amigos, o a recibirte luego de un viaje. Un viaje de quince años que comenzamos con tu mamá cuando éramos casi niños. Te conocimos, y fue como si tu carita estuviera en nuestros recuerdos desde siempre. De a poco nos reconocimos en tus detalles más simples, en los rinconcitos de tus ojos y tu nariz respingada, en las formas de tus dedos, en tus orejas coloradas.
Llegaste peinado, blanco como el papá y bello como la mamá. Un día 2, pasadas las tres de la tarde, cuando Los Beatles cantaban "Across the Universe". Por alguna razón elegiste la canción entre muchas que grabamos con tu mamá la noche anterior. "Nothing's gonna change my world" repetía Lennon cuando por fin hiciste tu entrada a nuestra familia, como con una declaración de principios desde el día uno.
Tu hermana te vio por primera vez a través de una ventana, mientras yo te tenía en brazos, disfrazado de doctor y aún sin atinar siquiera a sacarme la mascarilla. Su cara se iluminó cuando por fin apareciste, te estaba esperando hace tiempo, mucho tiempo quizás. Tus abuelos te sacaron fotos y tú les regalaste una mirada perdida desde tus ojos abiertos.
Te cuento que estos días han estado fríos, pero que nunca te faltará calor al lado de tu mamá. Ella está día y noche contigo. Está cansada, pero siempre le sacas una sonrisa. Tu hermana trata de tomarte en brazos cada vez que puede y yo ya te senté conmigo a ver un partido del Colo. Seguramente no te vas a acordar, pero ya hemos cantado y bailado bastante. Te gusta dormirte en nuestros brazos y sonríes en los cambios de pañal... La música te encanta. Te quedas quieto escuchando con los ojos cuando suena la melodía del móvil, o cuando te ponemos alguna canción, como si tararearas por dentro. A veces nos miras con cara de pregunta, sin preguntar nada, y nosotros no sabemos qué responder. Simplemente te queremos, por estar aquí, por haber llegado y cambiarnos el sueño por las pequeñas alegrías de tu carita.
Tenemos tanto que contarte... pero para eso Martín, tenemos una vida por delante. Dulces sueños.
Todo fue tranquilo, natural y en paz, como si fuéramos a buscarte a la casa de amigos, o a recibirte luego de un viaje. Un viaje de quince años que comenzamos con tu mamá cuando éramos casi niños. Te conocimos, y fue como si tu carita estuviera en nuestros recuerdos desde siempre. De a poco nos reconocimos en tus detalles más simples, en los rinconcitos de tus ojos y tu nariz respingada, en las formas de tus dedos, en tus orejas coloradas.
Llegaste peinado, blanco como el papá y bello como la mamá. Un día 2, pasadas las tres de la tarde, cuando Los Beatles cantaban "Across the Universe". Por alguna razón elegiste la canción entre muchas que grabamos con tu mamá la noche anterior. "Nothing's gonna change my world" repetía Lennon cuando por fin hiciste tu entrada a nuestra familia, como con una declaración de principios desde el día uno.
Tu hermana te vio por primera vez a través de una ventana, mientras yo te tenía en brazos, disfrazado de doctor y aún sin atinar siquiera a sacarme la mascarilla. Su cara se iluminó cuando por fin apareciste, te estaba esperando hace tiempo, mucho tiempo quizás. Tus abuelos te sacaron fotos y tú les regalaste una mirada perdida desde tus ojos abiertos.
Te cuento que estos días han estado fríos, pero que nunca te faltará calor al lado de tu mamá. Ella está día y noche contigo. Está cansada, pero siempre le sacas una sonrisa. Tu hermana trata de tomarte en brazos cada vez que puede y yo ya te senté conmigo a ver un partido del Colo. Seguramente no te vas a acordar, pero ya hemos cantado y bailado bastante. Te gusta dormirte en nuestros brazos y sonríes en los cambios de pañal... La música te encanta. Te quedas quieto escuchando con los ojos cuando suena la melodía del móvil, o cuando te ponemos alguna canción, como si tararearas por dentro. A veces nos miras con cara de pregunta, sin preguntar nada, y nosotros no sabemos qué responder. Simplemente te queremos, por estar aquí, por haber llegado y cambiarnos el sueño por las pequeñas alegrías de tu carita.
Tenemos tanto que contarte... pero para eso Martín, tenemos una vida por delante. Dulces sueños.
martes, 15 de junio de 2010
Te quiero ver papá!!!!
Había tratado de escribir antes, pero siempre pasaba algo. Quizás es malacue... o una señal, no estoy seguro. El mago Yin me dice que las cosas siempre pasan por algo. Claro que luego se para de cabeza y prende sus gases con un encendedor mientras grita "¡Toyotomi!" (ha estado especialmente hinchado desde que empezó el frío). Pero bueh, como nunca es tarde cuando es temprano (según dice un amigo poco confiable), aprovecho mis últimos minutos en la pega para capear un poco cibernéticamente, en un día de sueño, de cargar con la culpa por un crimen que no cometí (como Los Magníficos, El Fugitivo y tantos otros... pero en la pega), y de mirar el Mundial del HD en una pantalla minúscula y pixelada dentro del PC.
Ha sido un Mundial de sorpresas este la verdad. Y no tiene nada que ver con el fútbol, ni con las vuvuzelas que tienen a todos con las jabulanis hinchadas. (Alguien apagó la luz de la oficina. Fin día 1).
(Día 2) La principal sorpresa ha sido cómo lo hemos vivido en mi casa.
Waka Waka
Me acuerdo que cuando chico el Mundial era una fiesta. El colegio (de hombres) vivía y moría por cada partido: íbamos a la sala audiovisual a ver las pichangas, o llevábamos una tele a la sala. Se hacía una red de apuestas oficial con profes incluidos... para qué hablar de los intercambios de láminas durante los recreos. Y todo eso sin Chile jugando.
Yo no viví el Mundial del 82 de manera consciente (y parece que no me perdí de mucho), así que mi primera participación activa como hincha de Chile en una cita planetaria fue en Francia 98, como universitario.
Cuando la "Roja" clasificó a Sudáfrica me propuse que mi querida hija de nueve años viviera algo parecido a lo que me tocó a mí de chico, con todo lo distinta y parecida que es a mí. Le compré la camiseta de Chile y le puse su nombre, comencé a coleccionar con ella el álbum del Mundial (claro está que el más entusiasmado soy yo), le enseñé los nombres de algunos jugadores y auspicié cada pequeña iniciativa que tuviera que ver con la selección (vaso de la selección, bufanda de Chile, etc.). Mañana va más tarde a clases, porque el debut de la selección lo vamos a ver juntos, en la casa, con nuestras camisetas puestas. Lo más importante, está contenta.
Finalmente tengo una pequeña hincha en potencia en casa. El otro día me comentó por msn (si, a veces chateamos cuando estoy en la pega), que estaba triste. Vio en las noticias que Chupete se había lesionado. Luego de eso me pregunta siempre si juega o no, si ya está bien (sí, Chupete es su favorito). Además se sabe las canciones del Mundial, no sólo el Waka Waka, sino la otra (la fome).
Por estos días me ha sorprendido incluso llevando el álbum al colegio (sin que yo le dijera nada), donde está intercambiando las láminas repetidas. Qué más se puede pedir digo yo.
Pero las sorpresas no paran. Mi embarazadísima mujer ha aprovechado su estadía en la casa para ver el Mundial, contra todo pronóstico. Me comenta los partidos por SMS, me avisa los goles e incluso me habla insistentemente de comprar un LCD de 40 pulgadas. Sí, la vida tiene pequeñas grandes satisfacciones. Gracias fútbol, gracias Sudáfrica y gracias a ustedes en sus casas. Adelante, Pedro.
Ha sido un Mundial de sorpresas este la verdad. Y no tiene nada que ver con el fútbol, ni con las vuvuzelas que tienen a todos con las jabulanis hinchadas. (Alguien apagó la luz de la oficina. Fin día 1).
(Día 2) La principal sorpresa ha sido cómo lo hemos vivido en mi casa.
Waka Waka
Me acuerdo que cuando chico el Mundial era una fiesta. El colegio (de hombres) vivía y moría por cada partido: íbamos a la sala audiovisual a ver las pichangas, o llevábamos una tele a la sala. Se hacía una red de apuestas oficial con profes incluidos... para qué hablar de los intercambios de láminas durante los recreos. Y todo eso sin Chile jugando.
Yo no viví el Mundial del 82 de manera consciente (y parece que no me perdí de mucho), así que mi primera participación activa como hincha de Chile en una cita planetaria fue en Francia 98, como universitario.
Cuando la "Roja" clasificó a Sudáfrica me propuse que mi querida hija de nueve años viviera algo parecido a lo que me tocó a mí de chico, con todo lo distinta y parecida que es a mí. Le compré la camiseta de Chile y le puse su nombre, comencé a coleccionar con ella el álbum del Mundial (claro está que el más entusiasmado soy yo), le enseñé los nombres de algunos jugadores y auspicié cada pequeña iniciativa que tuviera que ver con la selección (vaso de la selección, bufanda de Chile, etc.). Mañana va más tarde a clases, porque el debut de la selección lo vamos a ver juntos, en la casa, con nuestras camisetas puestas. Lo más importante, está contenta.
Finalmente tengo una pequeña hincha en potencia en casa. El otro día me comentó por msn (si, a veces chateamos cuando estoy en la pega), que estaba triste. Vio en las noticias que Chupete se había lesionado. Luego de eso me pregunta siempre si juega o no, si ya está bien (sí, Chupete es su favorito). Además se sabe las canciones del Mundial, no sólo el Waka Waka, sino la otra (la fome).
Por estos días me ha sorprendido incluso llevando el álbum al colegio (sin que yo le dijera nada), donde está intercambiando las láminas repetidas. Qué más se puede pedir digo yo.
Pero las sorpresas no paran. Mi embarazadísima mujer ha aprovechado su estadía en la casa para ver el Mundial, contra todo pronóstico. Me comenta los partidos por SMS, me avisa los goles e incluso me habla insistentemente de comprar un LCD de 40 pulgadas. Sí, la vida tiene pequeñas grandes satisfacciones. Gracias fútbol, gracias Sudáfrica y gracias a ustedes en sus casas. Adelante, Pedro.
jueves, 10 de junio de 2010
Sueño&Fragmentos
No lo había pensado antes. Quizás sea el sueño o las horas en el metro escuchando a los Beatles lo que me pone pseudo reflexivo, quién sabe.
Estaba reflexionando (con los ojos blancos) sobre los fragmentos. Ese es el concepto que me da vueltas hoy en la cabeza (además de mi incapacidad para memorizar los horarios de los partidos de Chile en el Mundial).
De repente se me ocurrió que uno tiene la vida demasiado fragmentada: el fragmento de tu levantada matinal junto con la familia, lo que alcanzaste a ver en la tele, las palabras que alcanzaste a cruzar en tu casa. Pensaba en los detalles que uno no retiene: el sabor de lo qué desayuné, por qué elegí esta camisa y no otra, la ducha y mi primer pensamiento al sentir el agua caliente sobre el cuerpo. Todo borrado de la memoria. Luego la nada: la desconexión musical que te acompaña hasta la oficina mientras te mueves con piloto automático, de la que escasamente guardarás recuerdos más tarde. Comienza otro fragmento, el de la vida funcionaria, los problemas cotidianos de la pega; la anécdota triste de una compañera de trabajo, ese informe que sabes que está mal hecho pero esperas que no seas tú el elegido para arreglar, y la espera para que lleguen las seis y te entregues a la desconexión nuevamente, mientras te mueves a tu casa para construir el último fragmento del día, en que compartes unas cuantas horas con tu familia, te das unos minutos para hacer eso que necesitaste todo el día… y te preparas para poder repetir tu rutina-realidad fragmentada al día siguiente…
Quizás tengo que dormir más.
Estaba reflexionando (con los ojos blancos) sobre los fragmentos. Ese es el concepto que me da vueltas hoy en la cabeza (además de mi incapacidad para memorizar los horarios de los partidos de Chile en el Mundial).
De repente se me ocurrió que uno tiene la vida demasiado fragmentada: el fragmento de tu levantada matinal junto con la familia, lo que alcanzaste a ver en la tele, las palabras que alcanzaste a cruzar en tu casa. Pensaba en los detalles que uno no retiene: el sabor de lo qué desayuné, por qué elegí esta camisa y no otra, la ducha y mi primer pensamiento al sentir el agua caliente sobre el cuerpo. Todo borrado de la memoria. Luego la nada: la desconexión musical que te acompaña hasta la oficina mientras te mueves con piloto automático, de la que escasamente guardarás recuerdos más tarde. Comienza otro fragmento, el de la vida funcionaria, los problemas cotidianos de la pega; la anécdota triste de una compañera de trabajo, ese informe que sabes que está mal hecho pero esperas que no seas tú el elegido para arreglar, y la espera para que lleguen las seis y te entregues a la desconexión nuevamente, mientras te mueves a tu casa para construir el último fragmento del día, en que compartes unas cuantas horas con tu familia, te das unos minutos para hacer eso que necesitaste todo el día… y te preparas para poder repetir tu rutina-realidad fragmentada al día siguiente…
Quizás tengo que dormir más.
De qué se trata?:
beatles,
fragmentos,
pega,
trabajo,
vida
lunes, 31 de mayo de 2010
¡Yabadabadú!
Sí. Sé que ya no escribo acá como solía hacerlo. El Mago Yin me lo recuerda siempre con lágrimas en los ojos y uno que otro arroz en el chaleco. Pero bueh, tampoco me pagan por esto (aunque he pensando en poner algún sistema de donaciones, quizás alimentos no perecibles o zafradas). Lo cierto es que no alcanzo. Con suerte llego a mi casa semidespierto para escuchar las historias escolares interminablemente anecdóticas de mi querida hija, supervisar su performance en la flauta y sentir como la guagua del Bicentenario patea y patea el vientre de su ya prenatalista madre.
De hecho hay días como hoy, en que a duras penas intento llegar a las 18 horas para gritar “Yabadabadú” y deslizarme por la cola del dinosaurio camino a casa con una cancioncilla pegajosa de fondo.
También está el tema de mis lecciones de manejo.
Debo decir que no he tenido problemas mayores con el tema, más allá de estar un poco por sobre el rango de edad del resto de los alumnos (falta que los profes me digan "tío"). Me siento, presiono el embrague… parto, paso los cambios, reduzco velocidad en los “resaltos”, me detengo en los “pare” y soporto las chuchadas de los otros conductores de vez en cuando. Con la ventana cerrada para evitar los escupitajos. Como todos, supongo. Nada especial, salvo porque de vez en cuando tengo que salir en un Peugeot que tiene malo el telecomando donde van las luces y los señalizadores, así que cuando señalizo a la derecha se me ponen las luces altas, los intermitentes no funcionan o comienzan a andar los limpiaparabrisas, lo que genera que los otros conductores hagan la ola en señal de alegría. Todo mientras yo pisteo como un campeón por las calles de La Reina.
“Deberíamos andar a 40 siempre” me dijo el otro día un instructor, mientras yo superaba los 60 por Bilbao, sin temor y con cara de velocidad. En todo caso tampoco es que me guste mucho el tema de manejar. La verdad, como dijo Ayrton Senna, “manejar no es algo que me mate”…
Ya habrá tiempo para contar más cosas... espero.
Éxito para todos!
De hecho hay días como hoy, en que a duras penas intento llegar a las 18 horas para gritar “Yabadabadú” y deslizarme por la cola del dinosaurio camino a casa con una cancioncilla pegajosa de fondo.
También está el tema de mis lecciones de manejo.
Debo decir que no he tenido problemas mayores con el tema, más allá de estar un poco por sobre el rango de edad del resto de los alumnos (falta que los profes me digan "tío"). Me siento, presiono el embrague… parto, paso los cambios, reduzco velocidad en los “resaltos”, me detengo en los “pare” y soporto las chuchadas de los otros conductores de vez en cuando. Con la ventana cerrada para evitar los escupitajos. Como todos, supongo. Nada especial, salvo porque de vez en cuando tengo que salir en un Peugeot que tiene malo el telecomando donde van las luces y los señalizadores, así que cuando señalizo a la derecha se me ponen las luces altas, los intermitentes no funcionan o comienzan a andar los limpiaparabrisas, lo que genera que los otros conductores hagan la ola en señal de alegría. Todo mientras yo pisteo como un campeón por las calles de La Reina.
“Deberíamos andar a 40 siempre” me dijo el otro día un instructor, mientras yo superaba los 60 por Bilbao, sin temor y con cara de velocidad. En todo caso tampoco es que me guste mucho el tema de manejar. La verdad, como dijo Ayrton Senna, “manejar no es algo que me mate”…
Ya habrá tiempo para contar más cosas... espero.
Éxito para todos!
martes, 11 de mayo de 2010
Paz, una grabadora, un hotel, y un ícono.
Cuando tenía 14 años, Jerry Levitan se coló a un hotel de Toronto, Canadá, para lograr una conversación improbable con su ídolo de niñez. Era 1969. Era una grabadora de cinta. Era John Lennon. Esto es "I met the Walrus", lo que pasó 38 años después con esa grabación. Para los fans de Lennon, la animación y la vida. Todo está ahí. Éxito.
lunes, 10 de mayo de 2010
Teatro, tango y centro
"Así empieza la obra... éste se pasea como un animal enjaulado", me dice el viejo mientras me pasa un programa y me indica mi asiento. "La colaboración es voluntaria" añade y me queda mirando mientras le deslizo 500 pesos. Dos mujeres hablan de su vida un par de asientos más allá. Un viejo tose. Y Vinicio, el "rucio de los cuchillos", camina absorto por la precariedad de la habitación de la Guille, como trazando una "L" en el suelo. Su desesperanza se transforma en hambre. Se prepara un par de huevos. Una pareja llega hablando y se sienta adelante. No miran a Vinicio y, claro, Vinicio no mira a nadie porque su mirada se está bañando en su mate. Está nervioso, como si lo persiguieran, esperando. Pero el rucio no espera a nadie y nadie lo espera. El Tolo lo pilla en la penumbra, encorvado y huidizo. Y el cafiche infla el pecho. Mañoso. Desconfiado. Ya no quiere ser cafiche, quiere ser "proxeneta". Y la Guille ya no quiere ser sólo una puta criada en una cocina de mala muerte aferrada al llanto de un cocinero marica. "Detrás de cada puta hay una mujer" dice, mientras alimenta sus sueños de baile y Caupolicán lleno. Y el tango desgarra. El tango que es el murmullo de sus existencias precarias, de su marginalidad inocente, y de su crimen culposo. El tango que es triste, como su vida. Y como su muerte.
Ay mísero de mí
Hace años que no iba al teatro. Demasiados. Creo que desde que estaba en el colegio. "¡Ay, mísero de mí! ¡Ay infelice!" declamaba el protagonista de "La vida es sueño" esa vez. Probablemente demasiado para un alumno de Segundo Medio, aunque jugaba a favor del elenco su origen español de cuna, con ese "zezeo" de noticiario estelar o de comercial de día de las madres ("que vivan laz mujerez"). "Que toda la vida ez zueño y loz zueñoz, zueñoz zon...".
Precisamente, sueño es lo que me acompaña cada mañana cuando me aprieto en el metro para llegar a la pega a una hora decente, y aceitar los engranajes de mis días maquinarios y funcionarios. Días de chaqueta, de camisa planchada, porcentaje y reunión. Por eso fui al teatro. Para escapar un rato, y para obedecer a las invitaciones permanentes de un amigo actor talentoso pronto a partir a Sudáfrica.
Estas últimas semanas me dedico a mirar más que a escribir (por eso este blog ha estado vacío). Miro todo. La gente, los lugares. Gasto mi hora de colación en ver el centro y sus personajes. Me imagino sus historias. Y escucho música, mucha aunque siempre es la misma (todos los días juro que voy a cambiar los mp3, pero no). A veces, no pocas, siento la sensación de no estar ahí por un momento. Y me pierdo en el reflejo del metro, o en el cansancio aturdido de la micro. Eso días, por algunos segundos, me pregunto si vale la pena. Minutos después, cuando llego a mi casa, siempre está la respuesta esperándome.
¿Les conté que estoy en clases de manejo? Yo, con mis 32 años a cuestas y una pila de escolares. Claro que una cosa es saber manejar y otra es saber manejarse. A estas alturas no estoy muy seguro de ser capaz de alguna de las dos, pero no creo que las lecciones den para tanto. Por mientras, sólo puedo terminar este relato e irme a la cama. El cansancio puede más, y eso que estamos a lunes. Supongo que mi vida es sueño. Buenas noches a todos.
Ay mísero de mí
Hace años que no iba al teatro. Demasiados. Creo que desde que estaba en el colegio. "¡Ay, mísero de mí! ¡Ay infelice!" declamaba el protagonista de "La vida es sueño" esa vez. Probablemente demasiado para un alumno de Segundo Medio, aunque jugaba a favor del elenco su origen español de cuna, con ese "zezeo" de noticiario estelar o de comercial de día de las madres ("que vivan laz mujerez"). "Que toda la vida ez zueño y loz zueñoz, zueñoz zon...".
Precisamente, sueño es lo que me acompaña cada mañana cuando me aprieto en el metro para llegar a la pega a una hora decente, y aceitar los engranajes de mis días maquinarios y funcionarios. Días de chaqueta, de camisa planchada, porcentaje y reunión. Por eso fui al teatro. Para escapar un rato, y para obedecer a las invitaciones permanentes de un amigo actor talentoso pronto a partir a Sudáfrica.
Estas últimas semanas me dedico a mirar más que a escribir (por eso este blog ha estado vacío). Miro todo. La gente, los lugares. Gasto mi hora de colación en ver el centro y sus personajes. Me imagino sus historias. Y escucho música, mucha aunque siempre es la misma (todos los días juro que voy a cambiar los mp3, pero no). A veces, no pocas, siento la sensación de no estar ahí por un momento. Y me pierdo en el reflejo del metro, o en el cansancio aturdido de la micro. Eso días, por algunos segundos, me pregunto si vale la pena. Minutos después, cuando llego a mi casa, siempre está la respuesta esperándome.
¿Les conté que estoy en clases de manejo? Yo, con mis 32 años a cuestas y una pila de escolares. Claro que una cosa es saber manejar y otra es saber manejarse. A estas alturas no estoy muy seguro de ser capaz de alguna de las dos, pero no creo que las lecciones den para tanto. Por mientras, sólo puedo terminar este relato e irme a la cama. El cansancio puede más, y eso que estamos a lunes. Supongo que mi vida es sueño. Buenas noches a todos.
sábado, 24 de abril de 2010
EXTRA de NO-NOTICIAS: Atleta castigado por alargarse la "pierna del juicio"
Impacto en el mundo del deporte... El estadounidense LaShawn Merritt, campeón olímpico y mundial de 400 metros en los Juegos Olímpicos de Beijing y en los Campeonatos del Mundo de Berlín 2009, podría ser sancionado con una pena de dos años de suspensión por intentar alargar su pene con un producto farmacológico dopante llamado "ExtenZe". Sus adversarios ya habían elevado un reclamo a la Federación Internacional de Atletismo: "parecía que corría con tres piernas", afirmó uno de sus competidores tras comprobar los efectos del tratamiento de Merritt. "Muchos teníamos temor de quedar cerca de él en la partida", dijo otro atleta que pidió mantener la reserva de su nombre y que fue descalificado varias veces por su negativa a agacharse en la largada en tres campeonatos.
El estadounidense, antes conocido como "umbrella's chub", se disculpó por su error mientras era defendido por sus cinco pololas sonrientes. "He cometido un error tonto, inmaduro y egoísta”, afirmó. Merritt fue suspendido provisionalmente de toda competencia, pero sus cercanos aseguran que tras completar su tratamiento se dedicaría al salto con garrocha...
Manténgase en sintonía, ya volvemos.
El estadounidense, antes conocido como "umbrella's chub", se disculpó por su error mientras era defendido por sus cinco pololas sonrientes. "He cometido un error tonto, inmaduro y egoísta”, afirmó. Merritt fue suspendido provisionalmente de toda competencia, pero sus cercanos aseguran que tras completar su tratamiento se dedicaría al salto con garrocha...
Manténgase en sintonía, ya volvemos.
jueves, 22 de abril de 2010
La Delgada Línea Amarilla
La gente me para en la calle. "Qué pasa con el blog", me dicen. Se abre una ventana de chat... "ahora que encontraste pega nos dejaste botados", leo. Y sí, encontré trabajo. Uno improbable: un desafío distinto, bien pagado, pero en una línea que nunca exploré en mi exitosísima carrera profesional (que terminará seguramente con una calle o un local de pollos fritos con mi nombre). Ahora soy una suerte de funcionario público, en un área que efectivamente le sirve a todo el país (al menos eso quiero pensar).
Tatán dijo que quería gobernar con los mejores, y acá estamos (JA). Curioso: toda la gente del trabajo es del régimen anterior... cosas de la reconstrucción, supongo.
Como era obvio, pasé de que no me llamaran de ninguna parte para entrevistarme laboralmente, a que me quisieran de todos lados. De hecho, el viernes pasado fui a dos entrevistas de trabajo... y quedé seleccionado en los dos. Me quedé con el mejor remunerado, y que además era un bonito desafío. "¿Puedes empezar el lunes?", me preguntaron... "abuelita, soy tu nieto", dije yo. Y ahí estoy.. hoy me llamaron de otra pega más. Así es la vida. Te da sorpresas, como dice la salsa ("Si hasta solita es rica", era el lema de la Sabrosalsa). Hace unas semanas un adivino le había vaticinado a mi señora que yo iba a encontrar un trabajo en que estaría rodeado de mujeres. Confundido, mandé mi CV para portero del Passapoga, pero no. Efectivamente en mi nueva función está lleno de mujeres (pero no de lujo). Como en la universidad... como en mi casa... como en la vida. A estas alturas estoy acostumbrado.
Hoy me veo cada mañana con chaqueta, camisa y perfumado; con los audífonos bien puestos. "Siempre eliges círculos, yo cruz" cantan los Mecánica Popular, mientras me apretujo en el metro, en medio de una manada en que las sonrisas se cuentan sólo con la vista, porque los dedos de la mano no se pueden ni estirar. Y pienso que el diario siempre luce mejor cuando lo lee el vecino pasajero y que esto de ser un céntrico funcionario es extraño, como los gritos de los guardias en tu cara: "¡Detrás de la línea amarilla!".
Estoy cansado, como buen funcionario, supongo. Pero no podía abandonar a la gente. Mal que mal, es la que lo pide.
Tatán dijo que quería gobernar con los mejores, y acá estamos (JA). Curioso: toda la gente del trabajo es del régimen anterior... cosas de la reconstrucción, supongo.
Como era obvio, pasé de que no me llamaran de ninguna parte para entrevistarme laboralmente, a que me quisieran de todos lados. De hecho, el viernes pasado fui a dos entrevistas de trabajo... y quedé seleccionado en los dos. Me quedé con el mejor remunerado, y que además era un bonito desafío. "¿Puedes empezar el lunes?", me preguntaron... "abuelita, soy tu nieto", dije yo. Y ahí estoy.. hoy me llamaron de otra pega más. Así es la vida. Te da sorpresas, como dice la salsa ("Si hasta solita es rica", era el lema de la Sabrosalsa). Hace unas semanas un adivino le había vaticinado a mi señora que yo iba a encontrar un trabajo en que estaría rodeado de mujeres. Confundido, mandé mi CV para portero del Passapoga, pero no. Efectivamente en mi nueva función está lleno de mujeres (pero no de lujo). Como en la universidad... como en mi casa... como en la vida. A estas alturas estoy acostumbrado.
Hoy me veo cada mañana con chaqueta, camisa y perfumado; con los audífonos bien puestos. "Siempre eliges círculos, yo cruz" cantan los Mecánica Popular, mientras me apretujo en el metro, en medio de una manada en que las sonrisas se cuentan sólo con la vista, porque los dedos de la mano no se pueden ni estirar. Y pienso que el diario siempre luce mejor cuando lo lee el vecino pasajero y que esto de ser un céntrico funcionario es extraño, como los gritos de los guardias en tu cara: "¡Detrás de la línea amarilla!".
Estoy cansado, como buen funcionario, supongo. Pero no podía abandonar a la gente. Mal que mal, es la que lo pide.
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