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martes, 7 de junio de 2011

La odisea del bajo, parte II (Good evening Beijing City)

Este es el taxi real.
Beijing es agradable en abril. La mañana estaba soleada y radiante, en una ciudad donde se hace más cierto que nunca eso de que “la gente pasa y pasa siempre tan igual”. Con la dirección que me envió mi contacto impresa, y la advertencia de un conocido de que al parecer el lugar en cuestión quedaba “retirado”, tomé un taxi. El conductor me miró, y le estiré el papel… “我不知道这是哪里” me dijo contrariado, tras mirar la anotación un rato. Yo le respondí “” y “谢谢”, que básicamente es “con hielo, gracias”, lo único que aprendí a decir en chino. Acto seguido y tomando en cuenta que el silencio se estaba volviendo incómodo, llamé a Mr. Xin a su celular. Luego de una música de espera de restorán chino, le dije a Xin que le explicara al taxista cómo llegar a la fábrica y que me mandara dos porciones de arroz chaufán. Bueno, eso no se lo dije, pero habría sido gracioso. Diez minutos después, el hombre me devolvió mi teléfono y el papel. Echó a andar el auto mientras yo me recostaba tratando de disimular mi inquietud.
Beijing es una ciudad bastante grande, con cerca de 20 millones de habitantes. Su núcleo urbano tiene 16 mil 800 km2. Si tomamos en cuenta que en muchos sectores los atochamientos son kilométricos, un desplazamiento a la hora peak puede ser una experiencia más larga que la versión extendida de Jesús de Nazareth en Semana Santa. Ante mis ojos, la capital china fue desapareciendo y la prolija arquitectura de ladrillos grises tradicionales mutó por un verde tenue y espaciado.

lunes, 6 de junio de 2011

La odisea del bajo (veinte años y veinte kilos)

El viejo y querido Maxtone...
Creo que fue cuando tenía 15 o 16. Junto a unos cuantos compañeros del colegio teníamos ganas de armar una banda de rock. O algo parecido. El problema es que teníamos sólo eso, las ganas. Alguien podía conseguirse una guitarra, otro tenía un amigo al que quizás le prestaban una batería. Yo tenía un teclado, pero no era suficiente: “Lo que nos falta es un bajo”. La sentencia era un problema porque ninguno tenía ni un vecino de un amigo de un primo que tuviera uno. No era un instrumento popular, digamos, pero sin él la banda no tenía presencia. O eso suponíamos. La cosa es que todas las bandas tenían uno, así que no podíamos ser menos.
Yo no sabía tocar bajo… ni siquiera guitarra, de hecho. Tenía en el cuerpo las clases de piano de los 4 a los 11 años, de las que algo me acordaba y muchas ganas de que la cosa funcionara (en mi condición de líder, vocalista y dictador). Por eso tomé el desafío como un tema personal. Con ese aval, hice lo que cualquier muchacho trabajador y esforzado habría hecho… conté mis exiguos ahorros… y luego fui donde mi papá. “¿Un bajo? ¿Cuál es el bajo?”, me preguntó contrariado mientras bajaba por unos segundos el cuerpo C de El Mercurio para mirarme. “Ese que suena dum, dum, dum, duuum”, dije en afán didáctico. “Pero eso es como el arroz… te compro una guitarra eléctrica si quieres”, contraatacó mi padre mientras volvía a alzar el periódico… La tentación no era poca. Pero un hombre tiene que hacer lo que tiene que hacer. Aunque tenga 15.
Así fue como me hice con mi primer bajo, comprado con su gentil auspicio en la Casa Amarilla: un Maxtone sunburst. Era bonito, sonaba mal y se sentía como tener colgado un tronco mojado sobre la espalda. Era justo lo que necesitaba.

domingo, 15 de mayo de 2011

The night before (A cinco segundos de un metro)

Martes 10, cerca de la medianoche. Figuro acostado en la cama matrimonial con mi hijo de diez meses acurrucado entre sus papás. La única luz en la habitación es la televisión, que parpadea al ritmo de una película de desastres que no terminaré de ver. Es tarde y mis ojos se están cerrando. No es una noche cualquiera: es la noche antes del recital de McCartney en Chile, probablemente la última oportunidad de ver al máximo ídolo vivo en mi país, esta vez acompañado con mi mujer y mi hija de diez. En otras palabras, la que se viene es una jornada histórica.
Tomo el control remoto para apagar por fin el terremoto cinematográfico y antes de que mi pulgar llegue al botón rojo, mi celular se ilumina y vibra. Contesto inquieto. Nadie te llama a esta hora para decirte nada que no sea una mala noticia. Nadie excepto el Negro.
“Hueón, me colé al bar del Hyatt. McCartney llega en una hora. Vente”, me dice al otro lado de la línea. “Buena”, le respondo sin mucho entusiasmo y tratando de hacer el menor ruido posible. Me sigue hablando mientras intento poner fin a la conversación para no despertar a mi hijo. Le digo que lo pensaré y pongo el celular en silencio. “¿Quién era?”, me pregunta mi mujer con medio ojo abierto. “Nada, el Negro que me dice que vaya al Hyatt. Se coló al bar”, contesto. “Está loco”, sentencia ella.
Me levanto y voy a lavarme los dientes. Y es precisamente mientras el cepillo repasa espumosamente mi boca cuando me miro al espejo. Y me veo de 16. “Total, no pierdo nada”, pienso. Salgo del baño y comienzo a ponerme terno. “¿Qué haces?”, me interroga la Pame. “Me voy a ver a Paul, vuelvo en par de horas”. No lo puede creer.

lunes, 29 de noviembre de 2010

The End (Sangre en Buenos Aires)

“¡Apúrate!”. El Negro urgía a Cristina a acelerar el paso, como lo hace siempre. Ella, tragándose un par de improperios que cruzaban de la mano por su mente, aligeró sus pisadas mientras subía la escalera de la estación Plaza Italia del subte bonaerense. Habían equivocado la dirección, y ahora estaban contra el tiempo para volver al hostal, en Palermo, lugar de encuentro del grupo de amigos que iría esa noche al recital de McCartney en River. Cristina pensaba en eso cuando algo en su cuerpo hizo cortocircuito. Tropezó, y su canilla chocó de manera violenta con uno de los escalones de concreto. El dolor le nubló la vista. Cuando pudo aclarar la mirada lacrimógena, el Negro la miraba con espanto. “Pucha, eso te pasa por correr en las escaleras”, dijo. Si hubiera tenido las fuerzas, lo habría ajusticiado ahí mismo.
A duras penas llegaron en taxi al hostal. La pierna de Cristina lucía mal, y ella no quería ni subir el pantalón para ver, mientras aguantaba el dolor y sentía como toda la extremidad palpitaba. Cojeando, subió a su habitación para por fin, sola y sin la mirada de “no-vas-a-poder-ir-al-recital” del Negro, ver el daño. Era profundo. Lo oscuro del pantalón ocultaba la sangre, pero no el dolor.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Is just another day (Live and let die)

Juan, Pablo, Jorge y Rigoberto. Los Fab che se pasean por el lugar cargando sus instrumentos recién guardados, con sus melenas bien peinadas y sus trajes mod. “¿Cerveza?” pregunta la moza y mis compañeros asienten a destiempo mientras miramos a esos melenudos argentinos.