Intenso. Confuso a ratos. Escalofriante. Sangriento. Mi viernes pasado tuvo todos los elementos que uno podría pedirle a una buena película. Y a una mala también.
Eran pasadas las cuatro de la tarde. En mi calidad de dueño de casa (cargo que detento de manera indefinida), recibí a mi hija que llegaba del colegio y, tal como me había recordado mi querida Pame por enésima vez de manera telefónica, llamé al perro y le puse la cadena para ir a dejarlo a la veterinaria, donde lo bañarían, le harían el brushing, el rebaje y la pedicure, entre otras cosas. Obviamente invité a mi escolar primogénita y partimos con la ansiedad normal de Alberto-Fido, que tiraba de manera insistente de la cadena. Al llegar a la puerta del condominio, el perro pegó un tirón más fuerte y reventó varios eslabones, procediendo a darse a la fuga, como diría un carabinero. Nada nuevo en él, que se escapa bastante seguido. Esta vez fue diferente, eso sí, porque fijó un curso distinto a la plaza cercana a la casa, que suele ser su escondite tradicional, lugar donde corre y "obra". En carrera loca, y mirándonos de vez en cuando (lo seguimos a distancia, para no perderlo de vista), cruzó una calle con mucho tránsito, a unas tres cuadras de nuestro hogar. Lamentaría su riesgosa decisión. La postal fue espantosa: una camioneta le pasó por encima. El perro se dio una vuelta completa tras ser golpeado por una de las ruedas del vehículo. Chillaba del dolor mientras volvía a duras penas hacia nosotros, con sus patas traseras casi colgando, inertes.
